Campaña disfrazada de homenaje | Perfil
El 7 de marzo de 2020 es el último día que Maradona estuvo en la Bombonera. Golpes técnicos de Gimnasia, ya en muy mal estado de salud, presenció desde el banco cómo Boca le ganó 1 a 0, con gol de Tevez, resultado que le ayudó al Boca de Russo sucio campeón, al final de un torneo que se le escapó inusual un río. Por esa época, Maradona iba de cancha en cancha recibiendo homenajes de todo tipo, tronos de rey, fuegos artificiales, banderas. El día de la Bombonera, Riquelme se quedó en el palco, no bajó a saludarlo, y Diego recibió una plaqueta protocolar de manos de Hugo Perotti y Miguel Brindisi –uno, gran jugador; el otro, un crack–, compañeros del 81, es decir que todo fue muy, pero muy menor a lo que Maradona se merecía. (¡La plaqueta apenas decía: «El club atlético Boca Juniors-Diego Maradona en reconocimiento por la obtención del título de 1981»! Este es solo un ejemplo, entre tantos, de la ingratitud y el egoísmo de Riquelme hacia Maradona. Pero el otro día, el del partido de (auto) homenaje, Riquelme se puso la 10 de Maradona, y lo homenajeó, ya muerto, como se hubiera merecido en vida. Incluso se lo vio hasta un poco emocionado, raro, raro en Riquelme.
¿Cómo interpretar este acto? Por un lado, bien podría intentarse como una tardía pero bienvenida autocrítica, un reconocimiento al lugar central de Maradona en la vida de Boca (y en círculos concéntricos, en la vida del fútbol argentino, en la vida del fútbol mundial y en nuestras propias vidas ), un reconocimiento sincero frente al más grande de todos. Pero también es posible pensar lo ocurrido como un acto (¿demagógico?) en lo que fue el lanzamiento de la campaña electoral de Riquelme para las elecciones de fin de año (porque eso, y solo eso fue el partido homenaje). El propio macrismo entendió el asunto en esta segunda clave, en clave política, por eso los jugadores macristas no dieron el presente (más que jugadores macristas, algunos son lisa y llanamente socios de Macri, de los testaferros de Macri, y de otros hombres de así, por ejemplo en el turbio affair de los parques eólicos). La vuelta del macrismo (a Boca, como a tantos otros lugares) sería una verdadera tragedia. ¿Alcanzará con el amor al ídolo para que gane las elecciones? Porque se hace muy difícil ya no solo defender la gestión de Riquelme en estos cuatro años, sino simplemente escucharla. Comprender, sí, que nunca quiso poner un técnico con poder. En el medio, Battaglia e Ibarra, meros empleados del club en la reserva, sin ninguna autonomía. Al principio y al final, Russo y Almirón, técnicos que vinieron de fracaso en fracaso, más cerca de la júbilo que dirigirse a un club grande, lo que genera tanto agradecimiento en ellos y disimetría de poder con Riquelme, que su margen de maniobra también es poca. La misma condición errática marcó la formación de los Planteles en estos años. Al final del mandato, su suerte parece atada a la de un segundo como Almirón. Veremos si con eso los alcanza.

