abril 17, 2026

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«Quiero que llegue el animado de autor a las salas»

«Quiero que llegue el animado de autor a las salas»

Es simple reducido a una fórmula: Makoto Shinkai es el sucesor de Hayao Miyazaki en el momento del contacto de la historia más personal y más personal, pero ya para ser un éxito comercial. De hecho, Suzume, actualmente en cartel gracias a Sony y Crunchyroll, es una película que reconoce ese nexo, lo famoso y lo ya en evidencia. Además, de El viaje de Chihiro, un clásico de Miyazaki, que una película de animación japonesa, un anime, no llegaba tiene la competencia internacional del Festival Internacional de Cine de Berlín. Suzume modificó eso en la última edición de la Berlinale. Pero el universo de Shinkai va más allá de la referencia. Your Name se convirtió en la película más emocionante a la hora de la animación en Japón (una grabación que tenía, claro, otra película de Miyazaki). El reino de Shinkai tiene que ver con su propia personalidad como creador de historias, con un imaginario, con una potencia pocas veces vista. Eso lo muestran películas como El tiempo contigo, El jardín de las palabras, Dareka no Manazashi, o Viaje a Agartha. Shinaki habla en exclusiva con PERFIL y cuenta la génesis de Suzume: «Quería hacer una película de aventuras, pero también quería hablar como nunca lo hice con Japón, con su geografía, con la geografía que genera los edificios que hoy están abandonados. Quería mostrar scars of different desastres from animation. Y siento que en este momento, en cual los relatos nacidos en Japón, son más populares que nunca, est important lograr mostrar este mensaje. Me gusta la idea que cuento desde una animation original, no nacida el manga .

—Hablaste sobre como a la hora de crear «Suzume», una de las mayores influencias en la tierra de Tohoku, de 2011, y la sensación que generó. ¿Cómo vives eso ahora?

—A la hora de empezar a pensar Suzume, no podía sacudir de mi cabeza la sensación de pequeñez que había generado la tragedia de ese terremoto, y de otros desastres naturales que han azotado a Japón y reconfigurado su realidad. La primera sensacion es que ese medio que amo como pocas cosas, el animado, no tenia realmente nada que hacer. Lo que quiero decir es que frente a la tragedia yo no pude salir a las calles a decir que era animador, director, que estaba animado. Sin servicio de nada. Sentí una terrible impotencia respecto del arte: no puedo salvar vidas, no puedo ayudar a construir, a sacar el agua, a limpiar siquiera. Toda esa destrucción y yo además no sabía hacer otra cosa. Me dejó una sensación muy poderosa eso: sentí que no podía ayudar, y que justo mi ayuda se necesitaba más allá de mi urgencia personal. Era un país en crisis y mi oficio no podía hacer nada por su realidad, vinculado claro a la tragedia. ¿Cómo podía entonces desde el arte enfrentar los desastres, las catástrofes, que están en el mundo? Eso es lo que Suzume demandó, permitiéndome redescubrir mi oficio pensando en el lugar que realmente ocupa el arte en el mundo.

— Hablas de tu vocación como animador, ¿qué recuerdos tenes de tu infancia de relatos que hoy define en quién sos como creador?

—Cuando era adolescente me encantan las películas de Hayao Miyazaki, sobre Nausicaa y Lapida. Esos dos filmes me encantaron. Nunca pensé que podría crear animado. Vivía en el medio de la nada. En una zona muy remota y no tenía conexión en la industria, ni remota. Sí, difícil venir desde la distancia. Crear no es fácil pero siempre me fue un objetivo: Evangelion fue algo que me fascinó muchísimo. Los robots no tienen el protagonismo que yo creía que podrían tener considerando como funciona nuestra cultura, y la historia de relatos con robots gigantes. Y de hecho, el discurso del último episodio, la forma en que se construye y repite, me hizo pensar en otra cosa: las posibilidades reales de libertad, al menos a la hora de las rutinas narrativas, del propio animado. Si esa serie podía hacer eso, entonces yo también, con mis limitaciones, podía hacer cualquiera otra cosa que yo pensará, que yo soñara, o que yo sintiera que el animate no había pero yo quería ver en escena.

— Hablabas de descubrir la impotencia del arte, entonces, ¿qué crees que puede hacer el arte realmente?

—Una de las cosas que sí puedo hacer a través del animado, de mis películas, es que mis espectadores disfruten, al máximo. Que salgan con una sensación de alegría, de disfrute, de estar sorprendidos por lo que vieron. Esa energía positiva es lo que me gustaría lograr. Siento que hay algo muy poderoso en el acto comunal del cine, que siempre sentí pero que hoy vivo de una forma distinta, más cercana a una celebración, a un encantamiento, a algo que solos se construye de muchos. Otra cosa que puede hacer el arte, el arte del animado en mi caso, es permitir que podamos identificarnos con los demás. El protagonista de Suzume es una víctima, alguien que sufrió una tragedia, y nosotros podemos acompañarla, y eso implica acompañarla en algo que nunca antes, espero, se haya visto en pantalla como yo lo soñé en pantalla. Entonces, desde la identificación, mis relatos ahora buscan también ser populares. Creo que eso puede generar un cambio, pequeño, pero positivo. La empatía es un valor que solo el arte puede respirar y expirar en el mundo de tal o cual formado.

—Si pudieras generar un hilo común a tus películas, ¿cuál sería?

—Lo que une, como rasgo en común, es el fuerte deseo de llegar a algo, una aspiración, por así decirlo. Por ejemplo, cuando yo era niño miraba muchísimo el cielo. De hecho, hay muchas escenas en mis films donde la gente mira el cielo, están mirando las estrellas, la noche, el sol, el cielo, otra. Yo de niño tenía un ardiente deseo de conocer lo que desconocía. Por ejemplo, el futuro. Quería saber que se come, de conocer algo completamente diferente.

El cielo representa eso para mí, ese deseo ardiente de conocer. Ese es un hilo común en todas mis obras: aspirar a algo desde observar lo que sentimos infinito y desconocido.

La pasión por dibujar a mano

—La mayoría de tus películas buscan siempre generar desde algo que se ve dibujado a mano, lejos de los efectos digitales ¿por qué esa pasión?

—Creo que mi amor por los nacimientos relatos de la animación a mano, y siento que es más un arte a conservar que algo a dejar atrá in a specie de salto evolutivo del medio. Y si bien el animado de por sí tiene un aspecto más similar al dibujo a mano, incluso hecho por computadora, hay algo especial en su vínculo con el rastro de un autor y al mismo tiempo la necesidad de pertenecer casi siempre a la industria. Me siento parte de una tradición, y siento que la sensación de fascinación que generará un dibujo es algo que la animación digital, sea realista o no, todavía no lo ha logrado.

—Siempre aparece en tu cine la figura del absurdo, y en este caso lo hace a partir de una silla parlanchina ¿qué pensas genera ese recurso en tus relatos?

—Una silla que habla es importante es Suzume: es la forma en la que introduzco la comedia. Siempre siento que es necesario iluminar un poco, no caer del todo en un solo género (sea la aventura, sea el drama). Creo por ejemplo que si solo tuviera una protagonista, caminando, cambiando, corriendo, sería otra película por completo. Aquí la silla también aparece cuando ella sufre una gran pérdida. Y siento que esa silla también pasó por la tragedia, por el terremoto. Aunque está rota, la silla puede servir, puede cumplir su función y hasta puede generar cosas nuevas con su propio cuerpo, cosas que la sorprenden. Y siento que esa sensación es algo global de cara a los desastres que esmos vividos y que estamos viviendo.

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